
El testimonio del cristiano consiste de dos partes: la Palabra del Señor y el testimonio escrito o pronunciado por aquel que cree la palabra del Señor. "El testimonio de Jehová, fiel, que hace sabio al pequeño" (Salmo 19:7).
El testimonio de los creyentes también confirma la verdad de Dios en los oídos de otros hombres y mujeres; para que ellos también puedan "gustar y ver que es bueno Jehová" (Salmo 34:8).
Donde hay vidas que están testificando del poder de Dios, la obra de Dios prospera. Este es el plan de Cristo para la extensión de Su iglesia. Y está expresado muy claramente en Su oración pontifical: "Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra (testimonio) de ellos" (Juan 17:20).
Esto mismo tenía en mente nuestro Salvador cuando dijo: "Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros: y me seréis testigos en Samaria… y hasta lo último de la tierra" (Hechos 1:8). Aquel que testifica es un testigo. El testimonio de la salvación, habiendo comenzado a ser publicada por el Señor, ha sido confirmada por los que oyeron (Hebreos 2:3). Y así es, que de uno a otro, se proclama que todos escuchen el Evangelio de Cristo.
El Evangelio ha sido dado para que la humanidad crea y sean salvos. "¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?" (Rom. 10:14). El "predicador" en este caso es aquel que da testimonio de Cristo. Miles de hombres actualmente son llamados "predicadores del Evangelio," los cuales no tienen ningún Evangelio y ningún testimonio. La Biblia no reconoce a tales hombres como predicadores.
Por consiguiente cada individuo necesita escuchar "el testimonio del Señor" a través de otra persona. No basta orar por tu vecino que no conoce al Señor. No basta vivir una buena vida delante de él, él no puede leer tu mente; necesita oír alguna palabra de testimonio de tus labios.
Tu vecino no puede ver tu vida interior ni saber de dónde viene. Le puedes mostrar tu buena voluntad en diferentes maneras, pero aun así no va a poder saber si eres cristiano o humanista. Le puedes ayudar en tiempo de necesidad, pero si no le compartes la palabra del testimonio del Señor, él no va a saber si eres un creyente o un comunista.
Tu vecino puede estarse muriendo porque le falta lo que tú tienes, pero él no sabe de dónde proviene, y puede creer que lo que tienes es el resultado de tu posición o de tus circunstancias. ¿Cómo va a saber que tu paz y reposo vienen de Cristo? ¿Que aun en circunstancias más difíciles que por las que él está experimentando, tú tienes paz? Él sólo lo sabrá si tú le testificas. ¿Cómo va a creer y recibir esas cosas que son el todo para ti, si tú no se lo dices?
La fe, la oración, la experiencia de una buena vida cristiana, buenas obras, etc., todo esto son las raíces del árbol del testimonio. Las raíces sin el árbol no van a dar fruto. Tampoco puede el árbol llevar fruto si no tiene raíces. Algunas personas tienen fe, ejercitan la oración, viven una buena vida, hacen buenas obras; pero no tienen testimonio, por lo tanto no llevan fruto. Ni el árbol puede llevar fruto a menos que tenga raíces de fe, oración, experiencia, buena conducta o buenas obras para confirmar y apoyar tu testimonio.
Con relación a esto Jesucristo dijo: "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean: vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mat. 5:16).
Hemos visto personas que todo mundo les quiere, viviendo en una comunidad de buen nombre, con un testimonio que resuena de sus labios, pero a causa de cosas que no son consistentes en sus vidas no "llevan fruto de santidad." Por el contrario conocemos a aquellos cuya fe es excelente, al igual que su vida de oración y experiencia espiritual, su generosidad y su amabilidad, pero porque no dan testimonio con sus labios, no llevan fruto.
Es tu testimonio el que produce el fruto: porque mueve a la humanidad, les indica cómo encontrar a Cristo. Tal vez has oído estas palabras: "No fue la predicación de algún siervo de Dios lo que me trajo a conocer a Cristo; fue la vida de mi tía María la que me trajo a Cristo" etc. "La vida de tía María" puede provocar a alguien para querer ser cristiano, pero se necesitan las palabras de alguien quien le digan a aquella persona cómo vivir la vida cristiana.
La vida juntamente con el testimonio de alguien son necesarios para mostrar el camino de la salvación. "Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación (testimonio)" (I Cor. 1:21). "¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? Y ¿cómo creerán a aquel de quien no han oído? Y ¿cómo oirán sin haber quien les predique?... ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de la paz, de los que anuncian el evangelio de los bienes!" (Rom. 10:14-15).
El eclesiasticismo ha dividido la iglesia de Cristo en dos grupos: "el ministerio" y "los laicos" y a través de ello han hecho un daño irreparable en la obra de Cristo. En primer lugar ha dado la idea al cuerpo, o sea los miembros de la iglesia de que "el ministerio" debe actuar en su lugar, orando y testificando.
Todo creyente, según su habilidad, está ordenado por Cristo para ser un "ministro y un testigo", y el esconder esta verdad del pueblo, es sabotaje para la iglesia de Cristo. La potencia para ser testigos se derramó sobre ciento ocho discípulos comunes (o laicos si podemos expresarlo en esta forma), y solamente doce apóstoles.
Cada creyente ha de ser un testigo ungido por el Espíritu Santo para dar testimonio de su Señor y Salvador Jesucristo.
La oración y el testimonio son la espina dorsal de la obra del Señor en la tierra. Los hombres creen a Dios y Dios les muestra Su agrado por ellos. (Por ejemplo Abel y Enoc, en Hebreos 11:4-5). Entonces es el creyente el que testifica y otros hombres y mujeres creen en Cristo a través de su testimonio (Juan 4:39-42).
El valor del hombre para el Señor no son la cantidad de cosas buenas que ha almacenado en su ser; sino el testimonio que sale de su ser. Y el valor de una iglesia el Señor no es el tamaño ni la arquitectura de su santuario"; ni la cantidad ni lo respetable de su membresía, ni lo popular que es su pastor; ni su arte ni su música.
El valor de una iglesia para el Señor está en su vida de oración y testimonio que da a la humanidad perdida. Medidas con esta cinta, algunas iglesias consideradas grandes" son en verdad chicas. No únicamente por la falta de testimonio del Señor en algunas, sino también porque están testificando en contra del Señor al negar que creen en el Cristo que proclama la Biblia. Estas iglesias nos ofrecen un Cristo que ellas mismas han concebido.
"Recibiréis Poder"
Poder testificar. Al ascender Jesucristo a la diestra de Dios (Hechos 2:33), el Espíritu Santo fue enviado para presidir sobre la iglesia en la tierra; dándole poder a sus miembros para extender la iglesia por su testimonio. El Espíritu Santo es dado a los que obedecen Su Palabra. Y me seréis testigos... Ninguno que rehúsa dar testimonio, crea que puede recibir el poder de Dios. El Espíritu es dado únicamente a los que permiten que Dios los use en Su obra de añadir hombres y mujeres a la iglesia, por medio de su oración y testimonio. El Señor está tan ansioso de dar Su potencia a los que se han rendido y que son obedientes, como desea que crezca Su iglesia. Pero esa potencia no es para los que se agradan a sí mismos. La principal misión del Espíritu Santo es ser el gran Evangelista para los perdidos, para traerlos a Cristo (Juan 6:44). La primera cosa que necesita reconocer el pecador es su condición de estar perdido; y esto se le llama convicción (Juan 16:8).
El Espíritu necesita personas que oren para que los corazones de los pecadores sean tocados (Hechos 2:37); a otros los necesita para que le indiquen al pecador el siguiente paso a dar (Hechos 2:38; 16:29-31). Los cristianos, "orando en el Espíritu Santo," pueden traer convicción a las almas; pero comúnmente antes de que estas almas puedan encontrar paz y reposo en Cristo, alguien tiene que hablarles del Evangelio darles testimonio del Salvador, en la potencia del Espíritu.-
Ninguno que desobedece el llamamiento de Cristo de ser un testigo Suyo, puede tener una experiencia saludable en su vida, ni recibir su recompensa en la vida venidera. Pero "...los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan a justicia la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad" (Daniel 12:3). b.12)
Oremos por la humanidad hasta que clamen "Qué haremos?" y que haya muchos cristianos que estén listos para contestar a su interrogación hablándoles de Cristo, testificándoles del poder de Dios.


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